jueves, 1 de enero de 2009

PAISAJES MEDITERRANEOS DE IDA Y VUELTA (8) LUCES EN LA CIUDAD.

Uno de los cambios más espectaculares de la ciudad mediterráneo a lo largo del siglo veinte fue la invención y posterior generalización del alumbrado público a partir de la electricidad.

La luz eléctrica ha dotado a la ciudad de un paisaje artificial al que los habitantes se han acostumbrado, y sin él que posiblemente no podrían vivir tal como hoy lo hacen. A la vez, su presencia ubicua ha aminorado la naturalidad del paisaje urbano histórico, que era percibido a través de la luz de los astros:

“De noche es cuando la ciudad es más ciudad. Durante el día el sol o su luz se cuela por todas partes y, quieras o no, tenemos la naturaleza en casa.

Cuando se encienden las luces eléctricas, la ciudad es enteramente nuestra, es decir, enteramente artificial. Se forman ríos de luz procedentes de los faros de los automóviles, que discurren escoltados por los puntos fijos del alumbrado público y los puntos cambiantes y multicolores de los semáforos y rótulos publicitarios. Desde cualquier elevación la ciudad nocturna no es más que millones de puntos luminosos fijos o en movimiento, más densos y compactos donde se concentra el tráfico y la vida urbana.”

CONDESA DE CAMPO ALANJE. La flecha y la esponja. Editorial Arión. Madrid. 1959.

El impacto de la luz de las ciudades se observa nítidamente desde el espacio sideral, y los ecólogos lo han bautizado como “contaminación lumínica”. Los gobernantes, a la zaga de los anteriores, están ideando ordenanzas para disminuirla y, de paso, ahorrar gastos en las arcas municipales. Se han puesto de moda los alumbrados públicos y de semáforos con lámparas de bajo consumo energético, que proporcionan una luz más débil y difusa. Para el literato el impacto es más elemental. El hombre se ha ido alejando del disfrute de la naturaleza nocturna, e incluso se ha olvidado de ella, a medida que ha ido iluminando sus ciudades masivamente con electricidad:

“Mirar al cielo es incómodo, los astrónomos se van al campo para ello… Con el alumbrado público la luna ya casi no sirve para nada, y en cuanto a las estrellas han sido eclipsadas por los anuncios luminosos, mucho más brillantes y llamativos. Incluso, los enamorados ya no buscan un paraje apartado a la luz de la luna, y los poetas urbanos parecen haberse olvidado de ella”

CONDESA DE CAMPO ALANJE. La flecha y la esponja. Editorial Arión. Madrid. 1959.

Otro mito de la ciudad mediterráneo del siglo veintiuno es el de llenar de una “iluminación artística y monumental” sus principales monumentos y edificios históricos. Esta práctica, en la que colaboran los organismos públicos y las grandes compañías eléctricas, se entiende como una muestra de progreso y adelanto técnico, y un atractivo turístico añadido. ¿Pensaban lo mismo los viajeros que contemplaron estos monumentos y edificios históricos cuando se cambió su iluminación tradicional por la luz eléctrica?

Florencia estuvo iluminada, antes de llegar el espíritu moderno, por viejas lámparas de aceite, cuyas llamas semejaban cuerpos vivos, muy tibios y vivos, y bailaban perpetuamente en el aire suave de la noche. Este movimiento era sostenido por severos y antiguos edificios, con orgullo y dignidad, mientras alzaban sus cuellos al cielo. Dichas lámparas mantuvieron el aspecto medieval y renacentista en que se construyó el paisaje de la ciudad histórica.

La sustitución de las lámparas de aceite por las eléctricas ha empobrecido su visión. Estas lámparas eléctricas son mezquinas, de mirada fija, sin pestañeos, sin vida, en suma, inmutables abalorios. Su luz tiene la dura fijeza de las cosas que no saben fluctuar y oscilar, y estar vivas y seguir siendo ellas mismas. Incluso, la luz eléctrica tiene la estúpida prisa mecánica de los mosquitos en los cambiantes rótulos publicitarios y en los semáforos.”

T.H. LAWRENCE. Fenix. Año 1945. Obra póstuma. Editorial Adiax. Barcelona. 1982.



miércoles, 31 de diciembre de 2008

PAISAJES MEDITERRANEOS DE IDA Y VUELTA. (7) EL VALLE DEL ELQUI (CHILE) EN LA MIRADA DE GABRIELA MISTRAL.

Traemos de nuevo a estas líneas un rincón de Latinoamérica con acentos mediterráneos: El Valle del Elqui (Chile). Y ello, por un doble motivo. El antagonismo entre sus vegas regadas, tierras de secano bien cultivadas y el terrible desierto de las laderas y cumbres de los montes circunvecinos, tan típica del paisaje rural mediterráneo, y por la manera tan personal de sentir el paisaje como parte de su espíritu de que hace gala esta escritora.

Gabriela Mistral nació aquí, pasó sus primeros años de infancia y temprana juventud, escribió sobre él a lo largo de su viajera vida por todo el mundo, y pidió ser enterrada en su tierra materna, para nunca más abandonarla.

Su ansia constante de volver a contemplar el Valle del Elqui se comprime en pequeños poemas concisos, certeros y bellos a la vez:

“Tengo que llegar al valle
que su flor guarda el almendro
y cría los higuerales
que azulan higos extremos”

“(El Valle) hablaba a río,
a montaña y cañaveral,
en las lunas de locura…”

Visto desde abajo se observa, como desde ninguna otra parte, el antagonismo de sus paisajes extremos:

“La roca viva domina en lo alto (del Valle) y se come de él grandes espacios, pero el fondo es suelo del más noble limo negro y suave, capaz de producir un año entero lo que le pidan y siembren”

El paisaje desértico de las alturas del Valle del Elqui es asumido por la escritora como un elemento más de su espíritu (las montañas son sus padrinas de nacimiento), le proveen bienes escasos en el llano (su cuna de piedra y leño) ,y forman parte de su vida cotidiana (por sus colores, sus formas siniestras y los sonidos que emite el viento:

“En el Valle del Elqui, ceñido
de cien montañas o más,
que como ofrendas o tributos
arden en rojo y azafrán...
Miran al valle los cerros,
como padrinos tremendos,
volviéndose en animales
sus ijares soñolientos,
dando el vagido profundo
que les oigo hasta durmiendo,
porque doce me ahuecaron
cuna de piedra y de leño”

La inquilina de estos cerros es la singular higuera, cuya dramática existencia entre tanto sol y sed conmueve a Gabriela Mistral:

“Los grupos de higueras se sostienen de maravilla en unos sequedales de gritar... ésta clava sus garfios pardos al suelo, mientras la clara frente eleva en una intensa sed de cielo… en aquella tierra yerma, sobre aquel desierto mordido de sol, sobe esa estepa inmensa, yerta de desolación”

Más abajo, en las laderas donde se retiene mayor humedad y chilla menos el sol, aparecen los arbustos cultivados con delicadeza y primor:

“Hasta medio cerro trepa la viña crespa y barnizada, y no va más allá porque se seca en los soles rabiosos”

El fondo del valle es el regazo del hábitat humano y las tierras regadas, con abundantes plantíos de flores, huertos y frutales:

En cajones cerca de las casas se ponen los plantíos de claveles y rosas, y esas golosinas de mesa que son las hortalizas que cultiva cada familia… Las tierras más feraces y que se pueden regar son para los frutales”.

“las parcelas forman un damero de pequeños cuadrados y rombos cubiertos de hortalizas y frutales, y de pastos donde la vaca familiar, que da queso y leche diaria, adquiere casi la condición de santidad de la vaca hindú”

Gabriela Mistral se deleitó al pasear por el vergel sabiamente humanizado, en que la cultura campesina mediterránea había convertido el fondo del Valle del Elqui, saboreando mil y un sensaciones:

Vuela un olor delicado/y tímido y placentero/delgado como la brisa/íntimo como el aliento. Es el frutillar tendido/que crece callado y lento./Los tendales de la fruta/llaman con verdes sangrientos/y a golpes de olor confiesan/los pomares y el viñedo/y frutillares postrados/sueltan por el entrevero/un trascender que enternece/por lo sutil y lo denso./Todo se mueve en un vaho/que nos pone el andar lento/por ver y por aspirar/en lo emboscado y confeso…”

martes, 23 de diciembre de 2008

PAISAJES MEDITERRANEOS DE IDA Y VUELTA. (6) TORCUATO LUCA DE TENA (1903-1999) Y EL FOLKLORE AMURALLADO DEL CENTRO HISTORICO DE AUSTIN (FL

Traemos a estas líneas a un sólido intelectual ibérico, miembro de la afamada saga familiar que poseyó el diario conservador ABC, el de mayor tirada nacional, durante casi todo el siglo veinte.

Sin embargo, fue un personaje peculiar. Su pensamiento ideológico, monárquico y liberal, le valió no pocas críticas. Gran parte de su vida prefirió, más que asumir la pesada y censurada carga de dirigir uno de los medios de comunicación más influyentes de España, dedicarse a su vocación literaria, escribiendo numeroso libros de poesías, novelas, artículos y ensayos.

Esta vocación literaria lo llevó como corresponsal por medio mundo a lo largo de su vida, retratando con aguda ironía los avances de países civilizados, que tarde o temprano importaríamos los países mediterráneos. Esta labor se reflejó en dos libros sobre la vida y los paisajes de Inglaterra (El Londres de la postguerra. Pinceladas sobre la vida en Londres. Madrid: Espasa Calpe, año 1948). Y Estados Unidos (Mrs Thomson, su mundo y yo, Espasa Calpe, año 1952).

De esta segunda novela traemos a estas líneas un paisaje singular para su época (principios de la segunda mitad del siglo veinte).

Los norteamericanos no sólo han ido imponiendo un urbanismo y un modo de hacer la ciudad moderna que está arrasando con las señas de identidad de la ciudad histórica mediterránea, sino que también fueron pioneros en convertir a una de sus pocas ciudades históricas de ascendencia mediterránea en un “parque temático” para turistas. Es el caso de la ciudad de Austin (Florida).

Era el otoño de 1950 y entramos en la ciudad más antigua de los Estados Unidos, fue fundada en 1565 por los conquistadores españoles. Tiene la primera escuela, el primer naranjo, el primer castillo y la primera iglesia de este país,pero cómo se encuentran una vez que los hombres de negocios han decidido explotarla turísticamente.

Cruzar sus murallas cuesta el dinero de una entrada. Dos muchachas, tocadas con peineta y mantilla, vestidas con un amplio vuelo de volantes y madroños, nos dan la bienvenida. Dicen que van vestidas al estilo de las esposas de los conquistadores españoles.

Las viejas piedras históricas se mezclan con el último alarido de modernidad. El Centro histórico de San Agustín es como un barrio de Santa Cruz, diseñado por el Director de una película de Holywood. Es el folklore amurallado. Los hoteles reciben nombres como Alhambra, Zoraida o Ponce de León. Hay una plaza de la Constitución que imita la del Madrid liberal del siglo diecinueve. Las calles, pasajes y tiendas llevan nombres como Manolete, Tronío, Verbena o Paella. Todos los balcones de los centros oficiales y museos ondean la bandera rojigualda en honor a España.

Viejos landós y manuelas pasean a los turistas por las calles históricas como si estuviéramos en Sevilla o Granada. Los cocheros son negros que visten camisas hawaianas y sombreros de copa. Al saber que somos españoles se les hiela la sonrisa. Se extrañan de que mi mujer y yo seamos rubios, y ella no lleve castañuelas y mantón de Manila. Quizás es que han tomado conciencia de la farsa con la que se ganan la vida”

domingo, 21 de diciembre de 2008

PAISAJES MEDITERRANEOS DE IDA Y VUELTA. (5) LAS CIUDADES MEDITERRANEAS EN EL PROXIMO MILENIO EN LA MIRADA DE ITALO CALVINO (1923-1985).

El escritor italiano-cubano Italo Calvino fue, como tantos otros aquí aludidos, un incansable viajero. Su experiencia geográfica la vertió a modo de relato imaginario, con Kublai Khan y Marco Polo como protagonistas, en su libro: Las ciudades Invisibles (año 1972).

Su preocupación por la decadencia y ocaso de la ciudad mediterránea tradicional o histórica deviene de lo que el autor denomina la crisis de la ciudad moderna. Una ciudad que, en cualquier país o región, aspira a multiplicarse rápidamente acorde con lo que dicta el mercado inmobiliario, arrasando no sólo con la arquitectura del pasado, sino también con los paisajes naturales y de los campos circundantes. La ciudad moderna se ha ido gestando de espaldas a la naturaleza, a la cultura campesina y a la cultura urbana heredada. Ha exportando las formas geométricas y repetitivas del urbanismo norteamericano. Es una ciudad continua y uniforme, despersonalizada y amorfa. Una ciudad que sólo ha sido posible construir gracias a los rápidos avances en los sistemas tecnológicos en que se sustenta (medios de transportes, infraestructuras del agua, eléctricas, de telecomunicaciones). Es una ciudad donde reina un aparente bienestar y confort, sobre todo material, superior al de las ciudades provincianas. Pero, su funcionamiento es más frágil de lo que pensamos. Apagones, nevadas, inundaciones y lluvias torrenciales, sequías,…pueden paralizar o bloquear su buen funcionamiento por sorpresa.

El modelo económico actual, el de una economía y una cultura globalizada y mundializada por los mass media necesita de este inusitado crecimiento urbano. Pues la ciudad no es sólo un producto de la civilización, un material para la historia del arte y de la arquitectura, es, también, el espacio por excelencia donde las sociedades humanas intercambian mensajes, palabras, deseos y recuerdos.

A grosso modo hay dos líneas evolutivas identificables en las ciudades históricas mediterráneas con el cambio del milenio. Aquellas edificadas en terrenos llanos, una vez derruidas sus murallas defensivas, están siendo objeto de un avance implacable de la ciudad moderna en su interior:

“Las arquitecturas modernas y recientes empujan y llegan al corazón de la ciudad, sólo van quedando fragmentos y reductos que conservan los rasgos originales… han ido brotando edificios de todas las épocas y estilos arquitectónicos, y ya están en proyecto los de etapas venideras… Desde fuera apenas de distingue la ciudad del pasado”

La otra tipología son las ciudades históricas enclavadas al amparo de algún obstáculo natural. Rodeadas por el meandro de un río, en las laderas de un monte o cerro, etc. Éstas son las que están pudiendo defenderse mejor de las nuevas modas de hacer ciudad y pierden más lentamente sus señas de identidad:

Se divisa desde lejos, en medio de las anónimas periferias urbanas, el viejo cerco de murallas, bien apretado, del que brotan resecos campaniles, las cúpulas, las torres y los tejados, mientras que los barrios nuevos se desparraman a su alrededor como saliendo de un cinturón que se desanuda”.

La ciudad histórica mediterránea ha tenido casi siempre una forma orgánica, producto de un crecimiento espontáneo y no planificado, tanto en su adaptación al medio natural, que ha sido mayormente respetado, como en su trama urbana. Italo Calvino, con fina ironía, compara su diseño a un tapiz de factura divina, frente al de la ciudad moderna, un tapiz con un dibujo ordenado, donde las figuras geométricas repiten los mismos motivos hasta la saciedad.

“La red de pasajes de cada ciudad no se organiza en un solo plano, hay barrios en pendiente a los que se sube por rampas y escaleras, otros a los que se accede por puentes, otros que son un subir y bajar de cuestas…

Las calles suben y bajan, se superponen y entrecruzan, de manera que puedes elegir el recorrido más breve entre dos puntos, que no es una recta sino un zigzag ramificado en tortuosas variantes… sus habitantes no conocen el tedio de recorrer cada día las mismas calles, tienen el placer de poder elegir nuevos itinerarios para ir a los mismos lugares, así sus vidas rutinarias y tranquilas transcurren sin repetirse”

El paisaje humano y el mobiliario urbano diferencian nítidamente la ciudad antigua y la moderna:

“En estas ciudades cada vez que uno llegaba a una plaza se encontraba en medio de un diálogo, al salir por una puerta era saludado por los vecinos, lo conocieran o no”

“Estas ciudades están coronadas por cúpulas, torres, miradores con techos cónicos, veletas, desvanes, depósitos de agua…El viajero se complace en observar cuántos puentes distintos unos de otros las cruzan: convexos, cubiertos sobre pilastras, sobre barcas, colgantes, con parapetos calados; cuántas variedades de ventanas se asoman a las calles: en aljimez, moriscas, lanceoladas, ojivales, coronadas por lunetas o rosetones; cuántas clases de pavimentos cubren el suelo: guijarros, lastrones, grava, baldosas, losas,…”

“Incluso, la ciudad que no tiene hermosuras o rarezas particulares es una sucesión de calles y casas, puertas y ventanas, cuyas figuras se deslizan como una partitura musical donde no se puede cambiar o desplazar ni una nota… Sus habitantes pueden recordar en sueños el orden en que se suceden el reloj de cobre, el toldo a rayas del peluquero, la fuente de los nueve surtidores, la torre de vidrio del astrónomo, el puesto del vendedor de sandías, la estatua del ermitaño y el león, o el café de la esquina”

Una infraestructura singular de estas ciudades ha sido la de abastecimiento de agua potable. Ha habido diversas variantes tecnológicas para afrontar un clima como el mediterráneo, con prolongadas sequías que coinciden con las altas temperaturas.
Allí donde no había ni manantiales, ni ríos ni lagos subterráneos –el paisaje, por ejemplo, de las pequeñas islas griegas del Mar Egeo -, las núcleos urbanos están repletos de aljibes, junto a las viviendas o, dentro de éstas, en sus techos, patios o sótanos, donde se ha almacenado el agua necesaria para vivir.
Las ciudades beneficiadas por el discurrir de un río con aguas permanentes y de cierto caudal han recurrido a las grandes norias giratorias y los acueductos y acequias, que llevaban el agua a los depósitos de abastecimiento.
Otras ciudades, con manantiales y surgencias potentes y numerosos, poseían una nutrida red de fuentes u bebederos, para personas y animales, dispersos por su trama urbana.

Italo Calvino se interesó por las ciudades que venían abasteciéndose de las aguas profundas del subsuelo:

Era la ciudad de los mil pozos, asentada sobre un profundo lago subterráneo. Dondequiera que los habitantes, excavando en tierra largos agujeros verticales, habían conseguido sacar agua, hasta allí y no más lejos se había extendido la ciudad: su perímetro verdeante repetía el de las oscuras orillas del lago sepulto”

Las actividades campesinas (agrícolas, ganaderas,…) y la misma naturaleza no fue expulsada tajantemente de la ciudad sino que convivió secularmente con sus habitantes, hasta hace relativamente poco tiempo:

“Cuando viajaba a la ciudad descorría la cortina de la ventana y veía un foso, un puente, un murete, un serbal, un campo de maíz, una zarzamora, un gallinero, el lomo amarillo de una colina, una nube blanca y un pedazo de cielo azul… Un año tras otro he ido viendo desaparecer el foso, el árbol, el campito de maíz, el lomo de la colina fue cubierto de edificaciones y el cielo mismo desapareció”

La presencia de la religión (islámica en el borde sur del mar común, ortodoxa en el borde noreste, y católica o protestante en el borde noroeste, ha impreso un aspecto propio a las ciudades mediterráneas:

“Los Dioses siempre habían protegido la ciudad (mediterránea). Estaban en sus calles, en sus plazas, en las puertas de sus casas, y en el interior- en sus vestíbulos, salones de estar, dormitorios y cocinas-. Formaban parte de la vida de las familias, eran parte del alma de la ciudad y daban forma a todo cuánto ella contenía…

Los devotos de estos Dioses tenían en común criticar todo cuanto tenía de nuevo (la ciudad y la cultura moderna), sacando a relucir a los viejos, los bisabuelos, las familias de otros tiempos, y pensaban que el ambiente (de su ciudad) debía haberse mantenido tal como era antes de que lo arruinaran…

Los seguidores de estos Dioses tenían la creencia trasmitida de padres a hijos de que, suspendida del Cielo, existía otra ciudad como ésta, donde flotaban los sentimientos y virtudes más elevados, y aspiraban a ser una sola cosa con ella… Estos habitantes se indignaban, despreciaban y se preocupaban por todo lo que pudiera borrar o amenazar a su ciudad celeste, y aquí la honraban construyéndole elevados templos de bella factura, donde acumulaban los cuadros y esculturas de sus figuras veneradas en la Ciudad celeste, y los tesoros personales que las adornaban en forma de elegantes tejidos y preciosos bordados, y lujosas joyas y piedras nobles”

Con el nuevo milenio, la ciudad histórica mediterránea se ha convertido en un mito para el viajero y turista, comparable a los de la literatura, la música o el cine.

“Para no decepcionar al turistas, los guías y la población local elogiaban más la ciudad del pasado que la del presente. Su gran negocio era vender recuerdos de cosas inexistentes, libros, cuadros y postales viejas que reflejaban el antiguo esplendor de la ciudad… El único consuelo de sus habitantes era que la gracia perdida se había compensado porque la vida era más cómoda, la riqueza había aumentado y la cultura era más abierta y cosmopolita que en su anterior vida provinciana, tan rica en arte y rincones típicos y pintorescos, pero tan estrecha de miras y sujeta a privaciones… Había un atractivo más, y es que a través de lo que había llegado a ser la ciudad todavía se podía evocar lo mejor de lo que fue”

lunes, 8 de diciembre de 2008

PAISAJES MEDITERRANEOS DE IDA Y VUELTA (4). LA VISION DE JULIAN MARIAS (1956) SOBRE LAS PEQUEÑAS CIUDADES

Allá por los años cincuenta del siglo veinte, el filósofo y ensayista Julián Marías pasó varias temporadas en Estados Unidos. Durante su estancia en la ya por entonces gran ciudad de Los Ángeles vislumbró el agudo contraste existente entre la típica ciudad mediterránea pequeña y compacta y lo que había de venir en el futuro, el modelo de ciudad extensa, dispersa y segregada norteamericano, dependiente del automóvil.

Para Julián Marías, la civilización urbana gestada en torno al mar común o central tenía muchas similitudes de Oeste a Este y de Norte a Sur, indiferentemente de las fronteras políticas de los países.
Un rasgo fundamental era que se trataba de ciudades abarcables y convivenciales:
"La ciudad compacta mediterránea fue milenariamente una ciudad abarcable, donde en una pequeña extensión estaba todo: La Plaza Mayor con la Parroquia y el Ayuntamiento, el mercado de abastos, el teatro, los cines, los amigos,..."
Este tamaño ni excesivamente grande ni demasiado pequeño, y su trama urbana compacta, en que no había que recorrer largas distancias para tener al alcance todo lo necesario, hizo que las ciudades mediterráneas fueran, junto a su benigno clima, espacios que ofrecían lo que no tenían los campos circundantes: Lugares ideales para estar en la calle, pasear e ir a sitios relativamente próximos donde se encontraba de todo y donde estaba todo el mundo. Así nos lo describe este autor:
"La ciudad compacta mediterránea fue, antes que otra cosa, un espacio de convivencia, presencia, compañía y conversación, todas estaban llenas de una red de bulevares, paseos, plazas y plazuelas donde se podían llevar a cabo estas actividades. En estos espacios al aire libre se veía a cualquier hora del día a la gente murmurar, declamar, admirar, desdeñar, envidiar, comprar y vender... Además de estos espacios públicos había otros espacios cerrados donde la convivencia y la tertulia sin prisas eran frecuentes y cotidianas, como las iglesias, los jardines municipales, los casinos, los bares y tabernas, los mercados o las tiendas de barrio,..."
Frente a este modelo ya existía, aún en sus albores, el modelo de ciudad dispersa y segragada en sus funciones, que el autor denomina ciudad tipo parque norteamericano, y que ha ido imponiéndose en Andalucía en décadas posteriores bajo la denominación de urbanizaci´´on residencial de viviendas unifamiliares y adosados. Así describe Julián Marías a la ciudad de Los Ángeles:
"Es una zona residencial que se extiende millas y millas a la redonda, donde no hay centro urbano alguno importante, sino enormes centros comerciales en las afueras a donde se llega en automóvil, que se estaciona en aparcamientos tan grandes como dichos centros...las calles y plazas, cuando existen, están normalmente vacías, nadie pasea por ellas... En las calles de cada barrio o urbanización no hay más que viviendas unifamiliares, cerradas en sí mismas, millones de minúsculas islas de vida privada, sin apenas relaciones de vecindad. Millones de unidades domésticas aisladas, incomunicantes, solitarias... en cuyas calles sólo transitan personas que acaban de dejar el volante... Y, no obstante, el aspecto y el interior de las casas es sumamente agradable. Las casas parecen escenarios teatrales o como casas de juguete, con sus pequeños jardines y todo. En su interior hay el máximo confort. De ellas se sale en coche para trabajar o ir a alguna actividad formativa o de ocio... pero al atardecer casi todas las familias sólo poseen para compartir sus soledades la magia de la televisión. Se hace girar un botón y aparece un rostro humano, un rostro que nos mira, nos habla, ría y canta, corre aventuras,...¡La compañía¡ Es el mundo perdido que vuelve a nosotros... Las enormes ciudades americanas son gigantescas aglomeraciones de soledades juntas"

sábado, 22 de noviembre de 2008

La inauguración de un gran centro comercial: ¿Impulso para el progreso cultural de una ciudad media andaluza?

Cada vez que se inaugura un gran centro comercial en la periferia de una ciudad media andaluza en los últimos veinte años, el pleno municipal se felicita como si fuera el día del Santo Patrón. Esta instalación, dicen, traerá el progreso, la modernidad y la cultura a la localidad, como nunca antes hubo.

Se felicitan porque, como en la metrópolis, ha llegado por fin el supermercado o hipermercado de la cadena nacional o internacional que allí tanto abunda, porque habrá multicines y muchos bares, restaurantes y salas de juego.

Al igual que los ciudadanos americanos desde hace ya más de medio siglo, los andaluces de esta población podrán ir allí y pasar el día entero en el anonimato de ese templo para el consumo multitudinario y masivo. Y, además, sin notar los olores de la ciudad ni el campo; ni los matices de la luz solar de la mañana, el mediodía y el atardecer; ni el frío invernal, ni el calor veraniego. En su lugar, podrán disfrutar de una atmósfera controlada bajo la fija, estúpida e indiferente mirada de las lámparas eléctricas.

Allí podrán deleitarse durante horas mirando y comprando miles de productos en la más entera libertad, y, a la vez, tomar unas tapas o almorzar. También se pondrán a la última en cultura, adquiriendo esas pocas decenas de libros best-seller, videos o ediciones musicales, anunciados en los medios de comunicación como imprescindibles para estar al día y a la moda en materia cultural, como en el resto de España, Europa y Estados Unidos.

Además, podrán ver la última película de estreno, mientras los niños se divierten en la sala de juegos. Y saldrán contentos de haber adquirido tales prendas de vestir a precio de ganga. Todos tendrán sus chándales y camisetas deportivas de la marca SEPTHATLON. Los jóvenes podrán lucir sus camisetas y pantalones de la tribu urbana con la que se identifican: góticos, raperos,…

Efectivamente, el centro comercial hace de estas ciudades medias andaluzas más modernas y cultas, pero sólo en ese segmento limitado y superficial de libros, películas, músicas o modas, con que nos bombardean diariamente y cambiantemente los medios de comunicación.

De hecho, toda esta cultura tiene mucho de mercancía vendible, mudable y de vida efímera, casi siempre traída de fuera. Por el contrario, no tiene casi nada que ver con el producto artesano elaborado intelectual o materialmente por los habitantes de la susodicha ciudad media. La prueba más visible es que, cuando llega la noche, el centro comercial es tan sólo un fantasma. Una gran superficie de paredes blancas, opacas e impermeables, que carece de vida como los millones de objetos inertes que alberga.

A la vez que se anuncia que este centro cultural traerá una cultura moderna y ultimísima al municipio, su cultura propia y única, la elaborada pacientemente por sus habitantes de generación en generación, van desapareciendo de sus cascos históricos.

El único comercio que ha prosperado en dichos cascos históricos en los últimos años son las tiendas de conveniencia o bazares asiáticos y magrebíes. Hasta el punto de que los comerciantes locales sólo se ponen en común para intentar prohibir la proliferación de estos bazares y de los centros comerciales, cuya cercanía es para ellos como la crónica de una muerte anunciada.

Estos bazares forman parte también de otras cadenas multinacionales, que impulsan países menos desarrollados. Sus mercancías son las mismas en todo el mundo, baratas y de menor calidad que la de los grandes centros comerciales. Su principal ventaja es que las fabricas obreros a miles de kilómetros de distancia, que cobran salarios diez o cien veces menores que los de la localidad de turno.

Volviendo a los cascos históricos andaluces, se asiste al cierre de diez tiendas o talleres tradicionales por cada uno de nueva generación que se inaugura. La trayectoria no puede ser más pesimista. La cultura propia y singular de cada ciudad media andaluza va desapareciendo. Cada vez se pueden ver menos imprentas y librerías donde publican y se divulgan los libros de poetas, novelistas o cronistas locales; menos estudios de pintores que retratan los paisajes de la zona, o de fotógrafos que te retratan inmejorablemente el día de tu Comunión o Boda.

También menguan los talleres artesanos de carpinteros que te hacen un mueble personalizado, los de orfebres e imagineros que esculpen los santos de las procesiones religiosas o los monumentos de los espacios públicos, los de joyeros que te hacen una medalla o alianza personalizada, los de los zapateros remendones, los del sastre que te hace el traje a medida que mejor te sienta, los de los artesanos que elaboran recuerdos de la localidad que no se encuentran en otra parte…

Y, en relación con la cultura campesina del entorno de la población, también van desapareciendo las bodegas donde comprar el vino joven o mosto del año; las fruterías donde degustar la verdura o la fruta de la huerta cercana recolectada el día anterior, la tienda de comestible que te ofrece la legumbre local, una cántara de leche extraída de la ubre de la vaca hace pocas horas, o un queso o una chacina artesana, con la receta autóctona, los obradores que te venden el pan caliente del pueblo o el dulce típico de cada fiesta del calendario local, o los tornos monjiles que elaboran dulces de recetas secretas sólo trasmitidas de superiora a superiora de convento…

En estas imprentas y librerías familiares, en estos artistas y orfebres locales, en estas tiendas de comestibles, se había ido renovando lentamente la cultura intelectual, artística y material de las ciudades medias andaluzas durante siglos.

¿Qué quedará de ellas si no se las protege de la invasión incontrolada de bazares de países tercermundistas y cadenas comerciales multinacionales de países avanzados?

sábado, 15 de noviembre de 2008

PAISAJES MEDITERRANEOS DE IDA Y VUELTA. (3) LA FLORA Y ARBOLEDA CAMPESTRE DE LA TOSCANA EN LA MIRADA DE D.H. LAWRENCE (1889-1945)

El prosista inglés D.H. Lawrence, famoso por su novela erótica El Amante de Lady Chatterley, pasó largas temporadas en Italia en el periodo de Entreguerras (1918-1945). Prácticamente hasta que se desilusionó y marchó a conocer países más salvajes e inexplorados (Méjico, Ceilán, Australia,…).

Para él, el mundo mediterráneo estaba demasiado contaminado del espíritu moderno. Había ido perdiendo su personalidad propia y original. Sólo cabía admirar los vestigios de su glorioso pasado. Se adelantó en esta afirmación a lo que hoy día motiva que sea el lugar más visitado por turistas (más de cien millones anuales).

Aún así, el paisaje campestre se mantenía relativamente intacto en la época que le tocó vivir. Era todavía el legado de una cultura agraria milenaria y con personalidad propia. Quizás por esto, su corrosiva y atrevida pluma no puede dejar de enternecerse con la descripción de la flora y arboleda campestre de la Toscana italiana en los relatos de su libro póstumo Phoenix.

¿Por qué había tal abundancia de flores silvestre en los campos cultivados al modo tradicional en el mundo mediterráneo?

Ciñéndonos al caso de la Toscana italiana, el autor va apuntando los argumentos que explican esta proliferación floral, desde lo más global a lo particular:

“Cada país tiene sus flores… El Mediterráneo tiene al narciso y la anémona, a la salvia, el romero, el tomillo o el mirto. Son las flores que hablan y son comprendidas bajo el sol que rodea el Mar Central.

La Toscana es particularmente florida, ya que es más húmeda que Sicilia y más rústica que las colinas romanas… Tiene, además, miles de colinas y pequeños valles con arroyos que parecen seguir su propio camino, haciendo caso omiso del río o del Mar.”

Humedad, rusticidad y diversidad del relieve. ¿Tan sólo estos factores explican la abundancia de flores? Hay más misterios que resolver:

“Resulta extraño ver tantas flores en un país tan perfectamente cultivado, de vid, oliva y trigo, desde tiempos milenarios… El pueblo toscano ha hecho de sus campos cultivados una bella escultura. Ha creado cientos y cientos de terraplenes y terrazas de cultivo, que decrecen o se ensanchan, se hunden o se elevan, adaptándose al contorno roto de la Colina Madre…Las manos humanas han aprovechado las piedras robadas a la colina para alzar los muros sin cementar que sostienen estas terrazas…

Los terraplenes son harto angostos para que los bueyes lleguen con el arado a sus orlas herbosas que, también ayudan a sostener estas superficies ante las lluvias… estas orlas herbosas vienen siendo el refugio de la flora desde hace milenios”.

Los postulados de la moderna agricultura ecológica ya estaban subyacentes en esta cultura campesina tradicional de la Toscana. Se estableció una relación de conveniencia entre las hierbas y flores silvestres y el agricultor. En lenguaje coloquial sería algo así como: Tú me sostienes la terraza de cultivo y yo te dejo vivir en paz, a la vez que me evito caídas propias o de mis bueyes a la terraza inferior.

Un último argumento explica esta abundancia floral, no sólo en calidad sino también en su diversidad:

Desde finales de invierno o inicios de la primavera se suceden las floraciones… Cada especie aprovecha su oportunidad efímera de vivir y resplandecer… El primero en aparecer es el narciso, bastante helado y tímido… le siguen el acónito, el eléboro, las violetas, los azafranes…ç

Hay plantas que florecen en las orlas herbosas de tal o cual terraza cultivada, otras prefieren las orlas herbosas de los bosques o las calvas de su interior, los matorrales o las márgenes de los arroyos y las fuentes. De esta manera encontramos muchas familias de narcisos y otras flores, cada una con su forma característica”

La arboleda secular de la Toscana llamó también poderosamente la atención de D.H. Lawrence. En la agricultura tradicional, en que había que abastecerse con un poco de todo lo que se producía en las proximidades, convivían en una deliciosa promiscuidad los árboles que daban madera o frutos forestales, con los frutales domésticos más variados y las plantas de jardín. El resultado era un paisaje rico y diverso por sus innumerables tonalidades verdes:

Hay una belleza en el paisaje frágil de la primavera… centellean todas las gamas de verde en la arboleda… el verde parduzco del oscuro ciprés, el verde negro del roble perenne, las onduladas y pesadas hinchazones verdes de los pinos, el robusto verde joven del Castaño de Indias, el verde oro pardo de los álamos, el verde gris del olivo, el verde en si mismo, el más verde de todos, del peral, el frágil verde de los durazneros y almendros,…Y todos estos verdes dispuestos de mil formas, sobre mesas ladeadas, sobre hombros redondos, sobre portes erectos o sobre penachos extravagantes… Al anochecer el paisaje parece incendiado desde dentro de verde y oro”