jueves, 14 de febrero de 2008

LAS SELVAS ARTIFICIALES DE LA COSTA DEL SOL. EL PARQUE ZOOLOGICO DE FUENGIROLA.

La Costa del Sol de Málaga cuenta con una quincena de parques de animales a principios del siglo veintiuno, la mitad de los existentes en Andalucía. Estos son una prueba evidente del peso alcanzado por la civilización del ocio y el entretenimiento, similar a otras grandes áreas turísticas del Mundo. Pero también, de una amplia tipología de instalaciones para exhibir animales, desde aquéllas que simplemente los encierran en jaulas o los usan indiscriminadamente para espectáculos, a las más modernas, que son pequeñas isla de naturaleza, dedicadas – junto a las funciones de ocio y educativas - en el denominado “imperio de ladrillo”, destinadas a la conservación y cría en cautividad de especies animales amenazadas.

Como hemos expresado más arriba, su tipología es cada vez más diversa; desde parques zoológicos ejemplares como los de Fuengirola y el Molino del Inca de Torremolinos, a los acuarios como Selwo Marina o Sea World Life, pasando por parques safaris como Selwo Aventura (Estepona) y espacios temáticos como Lobos Park (Antequera) o Cocodrilos Park.

Detengámonos en el parque zoológico de Fuengirola. Con 1.400 animales de más de 150 especies, es el refugio de unas 30 especies de animales de los que apenas quedan varios cientos o miles de ejemplares en todo el mundo. Especies que están seriamente amenazadas por culpa de la desaparición de sus hábitats naturales. Aquí han encontrado un lugar perfecto para poder vivir en familia ajenos a los peligros que acechan a su especie en el exterior.

Nada más entrar en el recinto se entra en la atmósfera del bosque tropical malgache (o de la Isla de Madagascar).
Un milenario baobab sorprende al visitante. Es un espectacular árbol africano de 26 metros de altura y 50 de perímetro. Acoge en sus entrañas a los sitatungas - unos estilizados antílopes acuáticos que utilizan sus raíces como dormideros -, y bajo su copa se mueven los dóciles primates llamados lemures – con colas en forma de anillo- que se acercan sin pudor al público, las tortugas y los flamencos rosa.
Una vez realizado el recorrido por Madagascar, el visitante accede hasta la recreación de un río de la selva del África Ecuatorial, donde se aprecian sus diferentes ecosistemas de abajo hacia arriba.
Aquí conviven numerosos tipos de aves (algunas bastantes raras) como los patos silvadores, las gallinas pintadas o de Guinea, los flamencos enanos, los ibis sagrados, los pelícanos, las grullas coronadas y las cigüeñas del Senegal. Y junto a ellas, los hipopótamos pigmeos y los cocodrilos del Nilo. Estos animales pueden pasar de los cinco metros de longitud y son unos depredadores insaciables. El público puede verlos de cerca a través de un cristal que no evita un cierto miedo o desde una zona superior sin ninguna barrera.
Bajo la protección de la penumbra del bosque ecuatorial residen otras criaturas fascinantes como los puercoespines –que erizan sus púas cuando intuyen el peligro de las aves más grandes-, una pareja de duiker azul - un antílope del tamaño de un conejo -, potamoqueros - parecidos a jabalíes -, mangostas, leopardos, leones y elefantes. Finalmente, en lo alto de la enramada aparecen revoltosos chimpacés, junto con los cada vez más escasos gorilas y los chillones y coloristas mandriles.
Otro sector del zoológico reproduce la que se denomina “selva escondida” del Sudeste asiático. Se ha recreado en torno a la reproducción monumental del impresionante templo indomalayo de Angkor y de unas minas abandonadas, que está rodeada por cascadas, ríos, rocas y selvas.

Desde las ruinas una cascada lleva al visitante hasta un pequeño río, donde viven criaturas como los cormoranes, las nutrias de uñas cortas, el pez arquero o el saltarín del fango - un pez que puede vivir varias horas fuera del agua -. En los sotos próximos conviven el tapir malayo y el falso gavial (un enorme cocodrilo con el morro afilado). Finalmente, en el manglar cercano(o bosque monzónico de Camboya).hay otras muchas especies. Entre ellas, los impresionantes orangutanes de Borneo, que habitan el dosel de un bosque que también comparten al anochecer con los dhole -cánidos rojos que viven en manada como los lobos-, y los insectos palo - casi imposibles de distinguir entre la vegetación –. En el suelo de la espesura del bosque encontramos familias del enano ciervo ratón - del tamaño de un conejo pero considerado en los cuentos tradicionales de oriente, como un animal de enorme inteligencia -, junto a los tigres de Sumatra(quedan 400 en el Mundo)y los leopardos de Sri Lanka. Estos felinos, a los que se puede ver desde varios puntos, husmean a los visitantes tras lo que, en apariencia, son cañas de bambú, pero que, en realidad, esconden sólidas barras de hierro que evitan cualquier riesgo. Finalmente, de nuevo en las copas altas, observamos tribus del primate gibón de mejillas doradas - que saltan hasta 8 metros de altura y dan brazadas aéreas de 15 metros de largo-, el orangután de Borneo (con menos de 10.000 congéneres) y los zorros voladores - unos enormes murciélagos con más de dos metros de envergadura –. Todos estos animales están en peligro de supervivencia por la tala masiva de sus selvas de origen para plantaciones de palmeras aceiteras.
Por si fuera poco, es el segundo zoológico nocturno del mundo, tras el de Singapur (Malasia). En verano ofrece la posibilidad de experimentar la vida nocturna de los bosques tropicales. Una oportunidad única de adentrarse en las selvas de África y Asia bajo la luz de la luna y sorprenderse con sus exóticos habitantes.

Antes de la remodelación del zoológico (año 2000) la mayoría de los animales se reproducían esporádicamente en jaulas, bien aislados o en parejas. Muchos de ellos, con los años de cautiverio, habían desarrollado comportamientos agresivos, estereotipados y totalmente anómalos, que habían llegado incluso al infanticidio.
Sin embargo, la actual empresa gestora - Rain Forest - está obteniendo cifras records en la cría en cautividad de especies animales raras y en peligro de extinción, que antes se habían reproducido con escaso éxito. Aquí nacen anualmente cerca de cien nuevas especies y de ellas, unas treinta apenas se habían reproducido en cautividad anteriormente. El zoológico de Fuengirola suele ponerse de ejemplo en los foros nacionales e internacionales por sus múltiples programas de cría en cautividad de especies en peligro de extinción. Estas especies son sumamente valiosas, pero no económicamente sino genéticamente y biológicamente, ya que muchas están en peligro de extinción en el mundo, por eso hay que preservarlas a toda costa. El objetivo último es proteger los ecosistemas de los bosques tropicales de donde provienen, en continua recesión y, si se puede, devolver algunas de ellas a sus lugares de origen.
Revistas internacionales tan prestigiosas como Times y Nacional Geographic coinciden en que muchos animales en peligro están encontrando su nuevo hogar en esta selva artificial costasoleña.

¿Cómo se ha logrado ?
Gran parte de este éxito del Parque Zoológico de Fuengirola radica en que las instalaciones han dejado de tener la exhibición de animales como única y principal función. Todo el recinto se ha convertido en un gran laboratorio al aire libre destinado a la reproducción en cautividad para su conservación de especies animales en peligro de extinción.

Antes los animales vivían aislados y encerrados en estrechas, aunque limpias, jaulas, donde parecía bastar con darles de comer. En este triste cautiverio no se daban las condiciones mínimas de muchos animales para traer descendencia a este mundo. La mayoría no tienen alma de ratones hamsters. Los grandes mamíferos - como el tigre o el orangután - tienen unos requerimientos mínimos para aparearse y éstos, obviamente, no se dan en un cubículo de 50 metros cuadrados con rejas, suelo de hormigón y decenas de miradas escudriñándolos.

Se ha diseñado un nuevo Parque Zoológico cuya principal finalidad es conseguir la mayor comodidad posible en la vida cotidiana de sus singulares habitantes:
Han desaparecido las estrechas jaulas y se han creado en su lugar ríos, cascadas, curvas y rocas, praderas y bosques, que recrean artificialmente los hábitats naturales de los animales que viven en el zoológico.

Más de 150 especies vegetales se han plantado en los diferentes sectores del parque. Los animales tienen aquí sus sitios para esconderse y dormir, donde hacer vida familiar y sentirse rodeado de sus vecinos habituales. En cada ambiente (la selva ecuatorial, el bosque malgache, el bosque monzónico o los ríos tropicales) cada animal está rodeado por los mismos animales que en su ambiente natural. Insectos, reptiles, anfibios, aves y mamíferos conviven en el mismo espacio.

Entre los teóricos este diseño se denominada “zoo-inmersión”, ya que representa fielmente el entorno natural de los animales.

Los visitantes se internan en este Parque zoológico soslayando la anterior separación mediante fosos y jaulas. Cada tronco, cada roca, cada cascada y cada árbol sumergen al visitante en un mundo mágico el que se siente observado por los habitantes de los bosques tropicales. Se trata, pues, de una instalación pionera y vanguardista en Europa. Sin embargo, no es la única del Mundo, ya que se inspira en los zoos estadounidenses más punteros, como los de la ciudad de Seattle, el del desierto de Sonora (Arizona) y el del Reino Animal de Disney (Orlando), en los que prima el bienestar del animal

El hecho de que varias especies animales compartan un mismo ambiente, como sucede en la naturaleza, garantiza además un grado de estimulación en los animales similar al existente en la vida en libertad, y de ahí que hayan crecido rápidamente los apareamientos y crías nacidas de todas las especies que habitan el zoológico.
Otro de sus milagros es el régimen de alimentación. La vegetación crea vida, los brotes de los ficus y los dátiles de las palmeras son aprovechados para nutrirse por algunos animales. No obstante, para dar de comer a los 1.400 animales del Parque Zoológico se necesitan a diario casi cien kilos de carne, verduras y frutas. Un cocinero profesional planifica sus dos comidas diarias. Todo está estudiado al detalle para que ni engorden demasiado ni se queden con hambre. Pollo y ternera para los felinos, fruta y verdura para los primates, pescado para las nutrias, e insectos para las aves. Desde que amanece la cocina tiene una actividad frenética. Cada animal sigue una dieta específica rica en vitaminas, calcio y proteínas. Aunque también hay que atender los gustos más sibaritas de especies como el gorila, que prefiere la col y la lombarda hervida a la natural.
Finalmente, algunos animales reciben sesiones de enriquecimiento para estimularlos y que no se vuelvan pasivos, y cada día sus cuidadores se encargan de que su refugio esté en las mejores condiciones.

Junto a su adecuada cría en cautividad, los animales cumplen una función recreativa que va unida a la educativa. La tarea educativa y divulgativa es, junto a la de conservación, una de las principales líneas de negocio. Acuden anualmente más de 60.000 escolares andaluces, y miles de personas perteneciente a asociaciones de mayores, de madres y padres o vecinales.

Todo el recorrido está pensado para poder ser realizado por gente de todas las edades, con una sucesión de suaves rampas y zonas de descanso que hacen que aquellas personas con algún tipo de minusvalía motriz lo puedan transitar sin esfuerzo. Es un agradable paseo de unas tres horas de duración, por amplios espacios que se abrazan a la naturaleza recrean bosques en el que animales y visitantes se encuentran sin barreras.
A la manera de instalaciones pioneras como el Sea World de San Diego (California, Estados Unidos) a los visitantes se les pretende involucrar en la necesidad de conservación de los bosques tropicales y ecuatoriales. Se intenta que los visitantes realicen talleres en los que deben recapacitar sobre todo lo que han visto.
Los más pequeños aprenden aquí que el mundo no es sólo de los hombres, sino que también tienen su espacio los animales y las plantas.

sábado, 9 de febrero de 2008

MITOS DE LAS CIUDADES ANDALUZAS. LA RENOVACION DE LOS CENTROS HISTORICOS.

Son unos inmovilistas, reaccionarios y cavernícolas. Con estos y otros adjetivos al uso se califica a muchas Asociaciones Protectoras del Patrimonio Local por la propaganda oficial. Y los que lo hacen son intelectuales, profesionales y gobernantes municipales cuya anterior generación fue pionera en las ideas de conservación y protección integral del patrimonio de los centros históricos, frente a los desmanes del capitalismo desarrollista, y su destructiva voracidad especulativa, que debía ser puesta bajo control.

¿ Qué está sucediendo ?

Vayamos a las raíces de estos cambios de ideología. Numerosos intelectuales, profesionales y gobernantes municipales de las décadas 60-80, sea de la ideología que fuesen, encontraron un punto común de consenso y concordia en la protección y conservación integral de la ciudad histórica. Independientemente de que idolatraran a pensadores y políticos conservadores, liberales, socialistas, comunistas o anarquistas.

Su educación estuvo influida por las lecturas de los clásicos. Literatos y filósofos grecorromanos como Homero y Aristóteles. Literatos del Siglo de Oro que iban desde San Juan de la Cruz a Baltasar Gracián. Tenían como libros de cabecera la Biblia, El Quijote, o El Capital. La mayoría de ellos veneraba la civilización occidental y mediterránea creada por sus antepasados, y, cuando menos, respetaba la religiosidad oficial y popular.

Desde finales de los ochenta la educación clásica ha ido siendo expulsada de escuelas y universidades en aras del utilitarismo y la especialización práctica en un sinfín de tecnologías contemporáneas. Los profesionales que hicieron posible nuestras ciudades históricas (artistas, arquitectos, aparejadores e ingenieros) ya casi no tienen como guía y complemento de su educación a la formación humanística de antaño. Aquella que iba unida a la consideración de la ciudad histórica como un patrimonio y un paisaje urbano sagrado, que debía ser protegido y conservado a toda costa.

La cultura comunicacional y globalizadora en que ahora se educan los profesionales del urbanismo es eminentemente especializada y práctica. Se alimenta más de las tecnologías que del humanismo. Se inspira en los avances técnicos aportados por profesionales especializados actuales, y en las modas arquitectónicas y estéticas urbanas que imperan en la televisión e INTERNET. Esta cultura postmoderna ha ido dejando un papel residual a la influencia del saber y las técnicas tradicionales de hacer ciudad, en favor de las refinadas tecnologías contemporáneas. Otras características son el desprecio al libro antiguo y erudito, y a la tertulia y el debate local entre intelectuales de diferentes profesiones e ideologías.

La ideología relativista sustenta esta cultura urbanística contemporánea. Considera que vale tanto una cultura local como una cultura importada. Y que vale mucho más una tecnología vanguardista o un avance científico reciente que el bagaje cultural heredado.
Así, se está reduciendo a valor cero la importancia de los saberes y las técnicas de hacer ciudad, atesoradas lentamente por las diferentes etapas de la civilización occidental. Precisamente, los que hicieron posible una joya tan singular como el centro histórico de Sevilla capital. Para la actual ideología urbanística todo es relativo cuando se habla de la imagen urbana del centro histórico sevillano. No hay referentes ni referencias seguras. Los contenidos aportados por las civilizaciones pasadas están dejando se ser el valor dominante, tanto en cuanto a usos y costumbres, como en las artes y la estética o el gusto. Se está olvidando la influencia de la arquitectura grecolatina en la vivienda popular, la originalidad de aquellos patios y jardines de inspiración arábigoandalusí, y la idiosincracia de las plazas de arquitectura barroca, dieciochesca, romántica o modernista.

Sin embargo, la ideología urbanística postmoderna de los gobernantes municipales de la Sevilla de principios del siglo veintiuno no es tan relativista y aséptica como aparenta. Se presenta como niveladora y democrática, la única que permite a los autores de sus proyectos una creatividad expresiva desconocida anteriormente, en tanto que es laica, y su estética es funcional, utilitaria y rabiosamente moderna y contemporánea. Aunque, en nombre de la tolerancia antes señalada, se muestra extraordinariamente intolerante con los que defienden los valores estéticos del urbanismo tradicional. Forma parte de esta ideología un deslumbrante ruido mediático para que parezca que todo el mundo participa y está informado en estos proyectos urbanísticos vanguardistas. Se realizan concursos públicos de ideas, se eligen a los artistas y profesionales más afamados y originales, se montan exposiciones para que los vecinos conozcan previamente las obras a ejecutar, y se hacen claramente visibles sus resultados mediante composiciones audiovisuales en tres dimensiones que demuestran siempre su carácter paradisiaco. Los proyectos no se levantan a golpe de decreto como se hacía antiguamente. Sin embargo, no son proyectos urbanísticos ideados y diseñados por los vecinos, ni siquiera por los profesionales locales. Un selecto y minoritario grupo de artistas, profesionales e intelectuales postmodernos repartidos por todo el Mundo acapara y se beneficia de estos proyectos que mejorarán la faz de la Sevilla histórica.

Otro de los valores fundamentalistas que abandera esta ideología del urbanismo oficial postmoderno es que se dotará a Sevilla de una imagen laica y popular, expresiva de las libres preferencias individuales de todos los ciudadanos. Con esta excusa se está arrinconando la imagen urbana de la ciudad que se entiende está contaminada por las costumbres y usos tradicionales y, especialmente, por su expresión más dificilmente cambiante: su vida religiosa católica. Se parte con la desventaja de que la mayoría de las plazas y espacios libres se levantaron teniendo alguna iglesia o parroquia como hito y referencia visual predominante. Pero la transformación radical de su entorno y de los espacios libres que las rodean puede hacer que el ciudadano ya casi ni se fije en ellas.

Los nuevos proyectos urbanísticos (edificatorios, de espacios públicos, de infraestructuras de movilidad o de mobiliario urbano) chirrían frecuentemente, o deterioran irreversiblemente, la imagen urbana tradicional de la ciudad de Sevilla. Sin embargo, los gobernantes municipales no se dan por aludidos.

No se identifican con los especuladores inmobiliarios de la época franquista que tanto destrozos hicieron. Se consideran un equipo de gestores serio y responsable que se preocupa por promover lo más útil y beneficioso para generar riqueza y aumentar la calidad de vida de la ciudad de Sevilla. Su objetivo primordial es que Sevilla sea lo más competitiva posible en cuanto a turismo, comercio y creación cultural frente a otras grandes urbes de los países ricos y desarrollados de Europa y Norteamérica como, por poner dos ejemplos, Londres o Amsterdam. Quizás por eso se parezcan tanto entre sí los proyectos urbanísticos vanguardistas que se eligen para modernizar ciudades tan alejadas.

Esta premisa filosófica es el punto de partida que justifica que se implanten usos urbanos innovadores (gigantescos y amorfos centros comerciales, plazas y edificios públicos de formas abstractas) y mobiliarios urbanos de diseño vanguardista (farolas lápices, bancos como sacados de un hipermercado del mueble, etc.). La alteración que sufre la imagen tradicional de la ciudad histórica como consecuencia de la invasión de estos nuevos usos y mobiliarios postmodernos es considerada por los gobernantes municipales como un asunto secundario, que sólo encrespa a los reaccionarios de toda la vida. Según publicitan, el casco antiguo sevillano va a ser, por fin, un espacio urbano innovador, dotado de los usos, infraestructuras y tecnologías más modernos y sofisticados. Los únicos capaces de mejorar la calidad de vida de todos los ciudadanos. Y para ello, bien vale sacrificar algo de la ciudad-museo, anquilosada en el tiempo y anclada al pasado. Durante siglos, según ellos, Sevilla fue un espacio desigual, donde los aristócratas, los terratenientes y sus cómplices de la Iglesia impusieron sus gustos arquitectónicos, y crearon un espacio simbólico sesgado estéticamente por una minoría de privilegiados. En suma, la ideología urbanística postmoderna de los gobernantes municipales tiene algo de mesiánico. Son los elegidos para mejorar y modernizar hasta límites insospechados –y en pocos años- la arquitectura y la estética de la ciudad histórica alzada lentamente durante siglos.

Sueño del año 2055. “Tres millones de visitantes acuden anualmente a visitar los dos grandiosos monumentos que aún quedan en Sevilla, el Alcázar y la Giralda-Catedral, y también recorren un Museo de Artes y Costumbres populares que muestra cómo fue la Ciudad Antigua. Después se desparraman por más de un millar de modernas tiendas que ocupan los alrededores. Las grandes franquicias comerciales mundiales y nacionales tienen auténticas catedrales del consumo. Se han adueñado y restaurado varios cientos de casas antiguas - las mayores y de más bella arquitectura - y una amplia colección de iglesias y parroquias. Las han vaciado y transformado por dentro en locales con la estética neoyorkina más vanguardista y sorprendente. El resto son edificaciones de arquitectura moderna. Quedan también una docena de plazas públicas con un ambiente cosmopolita. En ellas se congregan a beber y charlar las tribus urbanas : Los hinchas de los equipos deportivos rivales de la Barbarie y la Sinrazón. Los fans de la música y danza electrónica. Los malabaristas que calzan patines y bicicletas automáticas. Los amantes de los robots domésticos. Los aficionados a concursos de videojuegos y juegos de rol. Incluso, los románticos rastreadores de restos antiguos y sagrados…Una señora nonagenaria sube por su sempiterna Cuesta del Rosario. Es de noche pero no tiene miedo. Los accesos al Centro Histórico han sido blindados. Cada calle es observada las 24 horas por múltiples cámaras de videovigilancia. Se encuentran conectadas con un dispositivo especial de la Policía Local ubicado en el edificio del antiguo consistorio. Las autoridades municipales se han trasladado a un deslumbrante rascacielos de la periferia. Desde sus celestiales alturas observan mejor lo que acontece diariamente en la gran ciudad.”

viernes, 1 de febrero de 2008

MITOS DE LAS CIUDADES ANDALUZAS DEL SIGLO VEINTIUNO: LA CIUDAD JARDIN DEL ALJARAFE.

Introducción.

A principios del siglo veinte mi abuela –de linaje aristocrático – pasaba los veranos y parte del invierno en un pueblecito del Aljarafe. Los primeros, huyendo del calor en su Hacienda, toda rodeada de olivos, paseando en bici o a caballo por los caminos rurales, y bañándose en una alberca y en un río cercano. Los segundos, acompañando a su padre a vigilar la recogida de la aceituna y su prensa en el molino.

En los años cincuenta, mi tía Clara tuvo una “Villa” que llevaba su nombre en otro pueblo. La construyó uno de los últimos arquitectos del regionalismo andaluz. Era un palacete ecléctico pero inconfundible. Tenía un arco mudéjar en la puerta de entrada y una Torre-mirador abierta a todos los vientos, presidida por una veleta en forma de Hércules. Las paredes estaban todo encaladas y su blancura cegaba al sol. Unos ribetes amarillos en los marcos de ventanas y balcones ponían la nota de colorido. En la parte trasera, ajena a las miradas de los viandantes, tenía un jardín umbrío de más de cien metros de largo, con una pequeña piscina. A los primos nos servía para jugar toda la tarde al escondite, hasta que la monótona y estridente cantinela de los grillos anunciaba la noche.

En los años noventa mi hermano Jorge se mudó a una vivienda unifamiliar adosada del Aljarafe. Anhelaba su propio hogar y los precios en la capital eran prohibitivos. Es idéntica a las otras cuarenta de su acera, como los ladrones del cuento de Alí Babá. Tiene dos plantas, pero el recibidor, la cocina y los dormitorios son muy pequeñitos. El patio trasero no llega a los diez metros, y, aún así, le ha cabido una piscina, una praderita de césped, y algunos frutales y enredaderas.

Estas tres estancias en el Aljarafe de las diferentes ramas de mi árbol genealógico ilustran, por sí solas, lo que está sucediendo.

El Aljarafe se ha convertido desde los 80 en una región suburbana. Esto ha sucedido con treinta años de retraso respecto a las ciudades norteamericanas, pero sigue un patrón idéntico en su organización y estilo arquitectónico.

Se trata de uno de los ejemplos más potentes en Andalucía de cómo llevar masivamente la ciudad al campo. En este caso, formando una región suburbana extensa y dispersa. En realidad, lo que está aconteciendo es que Sevilla capital ha expulsado a más de 200.000 vecinos a este territorio, mientras que 70.000 de sus viviendas permanecen vacías por la especulación inmobiliaria.

En este proceso cada municipio ha actuado por su cuenta, lo que está acabando por desfigurar primeramente y destruir en segunda instancia el ambiente secular del Aljarafe. Menguan constantemente la naturaleza (ríos, arroyos y riberas; pinares, eucaliptales y dehesas) y los campos (olivares, viñedos, frutales o tierras de mieses o pan llevar). Incluso, el crecimiento urbano ha sido tan rápido e incontrolado en los municipios más próximos a la capital (Camas, Tomares, Castilleja de la Cuesta, Gines o San Juan de Aznalfarache) que ya no queda campo ni naturaleza, con la excepción de las tierras inundables y los escarpes.

Las carreteras más anchas y veloces son la retaguardia de las legiones de pisos, chalés y adosados. Cuando las primeras se mejoran, avanzan imparablemente cientos y luego miles de viviendas en filas prietas, dentro de innumerables urbanizaciones. Los Césares imperiales que dirigen las operaciones de estas legiones de adosados son las empresas inmobiliarias y constructoras. Todas las grandes de España y Andalucía tienen aquí sus asientos. Los alcaldes y políticos se han rendido pacíficamente a esta invasión, nada que ver con la irreductible aldea gala de Asterix y Obelix.

Ocaso de las costumbres seculares.

Alcaldes y políticos han identificado la situación secular de estas poblaciones como de retraso y pobreza relativa para sus habitantes. El Aljarafe era -desde los tiempos árabes - un ramillete de una treintena de pueblos campesinos de dimensiones modestas, pues se mantuvieron por cinco siglos entre los ocho mil y los doscientos habitantes. Sus términos municipales les proporcionaban ubérrimas cosechas de aceitunas, aceites, uvas, naranjas y harinas panificables, desde tiempos de Hércules, suficientes para mantener estables sus poblaciones.

La emigración de habitantes de la gran ciudad ha ido engordando rápidamente sus padrones y censos de población. Los impuestos provenientes de las infinitesimales licencias de obras otorgadas han enriquecido insospechadamente las arcas municipales. La imagen urbana de cualquier localidad se ha modernizado con estos nuevos ingresos. Casi todas las poblaciones tienen infraestructuras y servicios urbanos avanzados y modernos, parecidos a los de la capital, e impensables décadas atrás. Sin embargo, este crecimiento urbano también está aniquilando o transformando irreversiblemente el patrimonio económico, cultural y natural que singularizaba las poblaciones de este altozano campiñés.

Adiós al patrimonio tradicional.

La vida económica local ha girado en torno a las grandes haciendas –que aderezaban las aceitunas o molturaban el aceite- y a las bodegas –que obtenían un mosto de sabor único en Andalucía-, y, en menor medida, alrededor del pequeño comercio.

Las Haciendas del Aljarafe superaban las doscientas y se han reducido a la cuarta parte. Muchas se han derribado para construir pisos en las enormes manzanas que ocupaban. Otras han corrido mejor suerte y han conservado su arquitectura pero han perdido su uso. Ahora funcionan como sedes de los ayuntamientos, centros educativos, centros culturales, bibliotecas, y elegantes y caros hoteles o restaurantes.

El comercio ha sido familiar y tradicional. Estaban la panadería y confitería de José, la mercería de Loli y el bar de Pedro. Para los nuevos residentes de las urbanizaciones son casi desconocidos. Estos últimos compran en los grandes centros comerciales y supermercados multinacionales que han desembarcado en la zona, y en los que se emplean los hijos de los comerciantes de toda la vida.

El mercado de trabajo ha cambiado sustancialmente. Los abuelos eran braceros y agricultores o pequeños comerciantes. Los nietos se emplean en la construcción o son funcionarios y oficinistas.

En cualquier localidad han proliferado las canteras, los polveros, las carpinterías metálicas, los capataces y peones de obras y un sinfín de profesiones como marmolistas, escayolistas, fontaneros, cristaleros o montadores. Son la mano de obra que hace posible construir anualmente miles de viviendas en el Aljarafe; al menos, mientras dure la fiebre urbanizadora que asola la comarca.

También los camareros y cocineros. La comarca del Aljarafe es el gran restaurante al aire libre del área metropolitana sevillana durante los fines de semana y días festivos.

A la par, hay un ejército cada vez más nutrido de oficinistas y funcionarios. Se emplean en los ayuntamientos, centros educativos y sanitarios, centros culturales y cívicos, servicios sociales, notarías, gestorías o asesorías.

En definitiva, los monos de trabajo y chándales de los albañiles y montadores, y los cuellos blancos de las chaquetas de oficinistas y funcionarios se han hecho habituales, mientras que se ven cada vez menos boinas y sombreros de paja campesinos y amas de casa enlutadas. Incluso, las labores del campo que aún queda se encargan a inmigrantes temporeros como rumanos, ucranianos y marroquíes.

La vida cultural también está siendo objeto de una profunda metamorfosis. Giró durante los últimos siglos en torno a la parroquia y ermita de cada población, con sus ciclos anuales de celebraciones litúrgicas como la Navidad o la Semana Santa, y sus hermandades de penitencia y gloria, sus filarmónicas y sus bandas de cornetas y tambores. Y, en su vertiente profana, alrededor de la Feria, los bailes y cantes por sevillanas, y la romería del Rocío (El Aljarafe es el lugar con más hermandades rocieras del Planeta). Antaño hubo una sana rivalidad entre las poblaciones cercanas por llegar a la cumbre de la fama en su particular hit parade del folklore y la copla sevillana, rociera y andaluza.

Sin embargo, en las últimas décadas, y ya desde la edad escolar, los niños y jóvenes están optando por comportamientos culturales importados. Se están imponiendo músicas y danzas contemporáneas y cosmopolitas como el hip hop y el rap. Y si no, basta con observar como se llenan las plazas donde se hacen botellonas o las discotecas, con jóvenes melodiando estos nuevos ritmos. Completan la oferta cultural las sesiones maratonianas de los fines de semana donde se combina la asistencia a los multicines con la distracción colectiva en las salas de juegos y videojuegos y el ir a comer a la hamburguería americana o a algún restaurante chino, marroquí o argentino.

Moverse o hastiarse.

La manera de moverse de los aljarafeños es muy diferente a la gran ciudad. Se ve a muy pocas personas paseando o parándose en una esquina de cualquier urbanización. Cuando se sale de ella es para coger el autobús (en el caso de los más jóvenes y mayores) o el automóvil.

Desde los años ochenta se han ido construyendo, de norte a sur media docena de autovías (que serán una docena a medio plazo), pendientes aún de que se cosan entre sí por otras autovías que recorran de norte a sur las tres coronas suburbanas aljarafeñas. Estas nuevas carreteras tienen capacidad para miles de vehículos y decenas de miles de personas en horas punta, y cuando su tráfico es fluido llevan velozmente a la gran ciudad en diez o quince minutos. Sin ellas no existiría el Aljarafe tal como lo conocemos. Es más, el Aljarafe necesitará cada vez más de estas nuevas autovías para funcionar eficazmente.

Si descendemos un nivel en la jerarquía de esta red viaria nos encontramos todavía con sencillas y estrechas carreteras y caminos locales. Todos los ayuntamientos están preocupados por ampliarlos lo más rápidamente posible para dar cabida a la riada de vehículos que se les viene encima desde las nuevas urbanizaciones residenciales, y que han de sortear los obstáculos de crecimientos urbanos precedentes mal planificados.

El resultado es que la comarca del Aljarafe posee una red de carreteras amorfa y confusa de entender, pero que llega a cualquier rincón donde haya una urbanización residencial.

En estas urbanizaciones casi todas las viviendas unifamiliares –sean de chalés o adosados- tienen un patio delantero para uno o dos vehículos, o éste se puede aparcar sin dificultad en la calle.

El vehículo es fundamental en la vida cotidiana. Con él se va y se vuelve de trabajar, se va al médico o de compras, se lleva a los niños por la tarde a las clases de inglés, al gimnasio o al Conservatorio de Música, y se usa para ir los fines de semana al Centro Comercial y al Multicines.

Así pues, aunque se ha huido de la gran ciudad para vivir teóricamente cerca de la naturaleza y el campo, muchos habitantes del Aljarafe pasan más tiempo dentro del coche, de un lado para otro, que los que se quedaron en Sevilla.

Al modo y la manera de los espacios suburbanos norteamericanos, el Aljarafe tiene como medio de movilidad característico el vehículo todoterreno. Ya que hay que pasar tanto tiempo en el vehículo, se quiere ir sentado en un sofá en movimiento, amplio y cómodo, fuerte y seguro.

Las relaciones vecinales.

Dicen los psicoterapeutas que sus pacientes de los adosados del Aljarafe presentan rasgos comunes y diferentes a los de la gran ciudad. Su sociabilidad es muy escasa, excesivamente dependiente de la familia más cercana. Cuando salen a la calle apenas saludan a nadie. Se sienten como aislados. Especialmente grave es la situación de las personas que no conducen ni tienen automóvil propio. Pasan gran parte del tiempo de ocio – sus horas grises - devorando programas de televisión, películas, o videojuegos. Cortar el césped les aburre. Sus lazos con la familia extensa son raros por las distancias que han de recorrer. Estas personas son las grandes coleccionistas de enfermedades psicológicas típicamente suburbanas como las migrañas, las neurosis, las alergias o la ansiedad.

La permanencia continuada en la vivienda adosada quema en las horas de ocio vespertinas. Por ello, se han ido creando un sinfín de actividades recreativas y de ocio para dar sentido a su vida suburbana: Cursos de Idiomas, Talleres artísticos y de manualidades, Gimnasias, Tai Chi y yoga, Cursos de Música o deportes en grupo o individuales.

Las personas mayores son difícilmente atraídas a estas urbanizaciones por los hijos, cuando les resulta complicado valerse por sí mismas. Prefieren vivir en la gran ciudad, donde tienen mayores oportunidades de disfrutar de lugares habituales de encuentro y reunión. El Centro de Día, donde juegan al dominó o visitan al callista, la charla con los vecinos de su bloque de pisos, de la calle o del barrio, el desayuno y la tapa en el bar cercano, las compras en los comercios de esquina habituales o, simplemente, pueden darse un paseo e ir saludando a la gente conocida que se encuentran.

En el otro extremo, una buena parte de la primera generación que ha crecido en estos adosados y chalet está emigrando a la gran ciudad para crear una nueva familia, a eso de los 25 a lo 35 años. Buscan allí relaciones personales y vecinales más ricas, una menor dependencia del vehículo y un acortamiento de las distancias para desarrollar su vida cotidiana.

lunes, 31 de diciembre de 2007

Mitos de las ciudades andaluzas del siglo veintiuno: La Ciudad Viva

Con el alborear del siglo veintiuno ha surgido un nuevo movimiento urbano, al que se han adherido prontamente ideólogos, políticos y técnicos. Se presenta bajo el slogan de "Ciudades Vivas". ¿Será la ciudad del siglo veintiuno una ciudad cada vez más viva y convivencial?
La civilización contemporánea parece que va por otros derroteros. Los jóvenes andaluces viven cerebro para adentro, en un apasionado idilio con las máquinas que los transportan a paraísos artificiales propios.
Puertas adentro del piso, e incluso de la habitación de cada joven, consumen gran parte de su tiempo conversando exclusivamente con su consola de videojuego, su MP3 y su ordenador. En la Sala de Estar conversan más tiempo con el locutor de televisión que con cualquier familiar.
Salen a la calle, enfundados en los auriculares del MP3 y saludan con la máxima economía de esfuerzo y emoción a los vecinos. Continúan su conversación íntima con la máquina en la bici, el coche o el autobús. La prolongan en la biblioteca, la sala de INTERNET,... Cuando llega la noche del fin de semana se reúnen con la pandilla. La música favorita a todo volumen permite pocas conversaciones. Predomina la ingesta masiva de alcohol.
El andaluz adulto charla algo más con los vecinos. Cuando llega al bar saluda y se despide escuetamente 365 veces al año. Algunos, que se sienten más desanimados y solitarios, ni eso. Su único consuelo es echar monedas y más monedas en las maquinitas de la suerte, como si fueran su luz vital. Compran en tiendas en régimen de autoservicio, donde apenas cruzan unas palabras con los empleados, a los que apenas conocen pues los renuevan cada varios meses. En los complejos de oficinas y servicios saludan a los vigilantes y porteros, y casi a nadie más.
La Tercera Edad se refugia en los Centros de Mayores. Allí charlan y charlan, con la excusa de una copa o una partida de dominó. La oleada tecnológica llegó demasiado tarde para ellos. No les ha privado del diálogo y la comunicación. Las conversaciones son frecuentemente melancólicas -recuerdos y más recuerdos - o tristes -enfermedades y más enfermedades -. Sin embargo, estos Centros de Mayores son como pequeños oasis de ciudades vivas en una ciudad cada vez más anónima e incomunicativa.

domingo, 30 de diciembre de 2007

Mitos de las ciudades andaluzas del siglo veintiuno: La higiene urbana

El ciudadano andaluz es poco limpio en general. Los ayuntamientos combaten este mal mediante un incesante avance en la maquinaria, medios técnicos y recursos humanos de las empresas municipales de saneamiento (antiguamente, de basuras). Cada año se presenta una máquina de limpiar con una tecnología nueva y sofisticada. Minifurgonetas que entran en las estrechas calles de los centros históricos. Máquinas que quitan cacas de perro, chicles, graffitis de las paredes, barredoras de gran potencia y capacidad, contenedores soterrados, etc.

Sin embargo, para que este coste público - de limpiar y mantener en condiciones higiénicas adecuadas a las ciudades – dejara de crecer, haría falta que el ciudadano medio andaluz cambiara sus hábitos y costumbres.

Constituye un comportamiento excesivamente habitual que muchos andaluces tiren casi todo al suelo desde su más tierna infancia (papeles, bolsas, botellines o litronas). Incluso, cuando van cumpliendo años pasan a la modalidad atlética de escupir en cualquier lugar, haya o no paseantes por los alrededores. Este prototipo antihigiénico es el causante de que las calles, plazas, explanadas, bulevares y parques tengan algo de un improvisado estercolero, que se amplia y renueva constantemente. Sólo cuando pasa la brigada de limpieza y se acomete un Plan de Choque (modalidad empleada en las barriadas deprimidas y polígonos industriales), queda todo limpio, hasta que lo toque la siguiente.

El record de suciedad del ciudadano medio está siendo superado por los profesionales del “buzoneo” domiciliario. Desde hace diez años recibimos diariamente más publicidad que cartas, sustituidas por los correos electrónicos y los mensajes de teléfonos móviles. Pero esta publicidad es un acoso diario, dado que en su gran mayoría no nos interesa y acabamos tirándola a la basura.

Hay casas y bloques de pisos que se blindan ante la amenaza de los buzoneadotes, con carteles que explican que son “personas non grata”. Los vecinos contrarios, pero de modales menos drásticos, ponen un buzón de publicidad en el exterior de los portales. Sin embargo, dos terceras partes de los hogares andaluces no toman ninguna medida ante esta amenaza de basura incesante y continuada.

El profesional del buzoneo trabaja por horas. Muchos de ellos son jóvenes que todavía están en los institutos y se ganan unos euros por horas. Se pasan todo el día recorriendo las calles de uno u otro barrio, y va dejando sus “marcas” o “pequeñas etiquetas” de color, de casa a casa, para no perderse. Donde no le abren con el portero electrónico depositan la publicidad en el suelo de la entrada (a ver quién es el sufrido vecino que se agacha y la recoge al cabo de varias horas, días o semanas). Cuando entran en un portal su efecto es devastador. Los buzones aparecen a rebosar de panfletos de todos los colores, entre los que resulta difícil encontrar el correo ordinario. Cuando el vecino sale a la calle los recoge y deposita en el contenedor o papelera más próxima, y cuando sube hacia su piso, los coge de mala gana, y los lleva a su basura doméstica. También hay algunos vecinos impasibles. El buzón se llena a más no poder, no admite más publicidad ni cartas, y él sigue el transcurrir moderadamente feliz de su vida cotidiana, ajeno al problema o, quizás, con el problema ya solucionado.

Las empresas más ricas de España, y que más crecen en cuanto a volumen de negocio, tienen un ejército constante de repartidores o buzoneadores. Son las cadenas de hipermercados y supermercados, las cadenas minoristas temáticas con sus pesados catálogos de muebles, electrónica, viajes o suministros a vehículos. Hay momento del año más aptos para el consumo, como la Navidad, en que los buzones domiciliarios se llenan, no de christmas (especie en extinción) sino de mensajes y catálogos publicitarios.

La publicidad consumista también está presente de forma estática mediante la pegada de carteles y anuncios en paredes de edificios, postes, farolas, y cualquier elemento del mobiliario urbano apto para tal fin. ¡Cuántas calles y edificios tienen hojas publicitarias perennes en la pared, sea cual sea la estación del año¡ Grandes anuncios de eventos y espectáculos, discos nuevos o fiestas. Y, con dimensiones más modestas, las improvisadas guías de servicios en plena calle de academias y profesores particulares, profesionales de obras y reformas, ventas de pisos, videntes, o perros y gatos perdidos por los que se ofrece recompensa. Los ayuntamientos han previsto en sus ordenanzas multas a las empresas y personas que realizan esta publicidad ilegal, pero en la práctica no han tenido éxito. Nuevamente se ponen en manos de la tecnología y las maquinarias sofisticadas. Se adquieren costosas máquinas dedicadas exclusivamente a limpiar las paredes de estos residuos, que perpetuan el problema, ya que no lo cortan en su origen.

Una última modalidad de empresas urbanas que generan ingentes cantidades de basuras son las de los minidiarios de usar y tirar. Nuevamente, como ocurre con los “buzoneadotes” se recurre a la población juvenil más necesitada para esta labor. Salidos de las máquinas rotativas durante la noche anterior, el amanecer en cualquier ciudad andaluza nos saluda con la presencia cotidiana de estos jóvenes regalando los miniperiódicos, agrupados en puntos estratégicos con tránsito masivo de viandantes (la Terminal de autobuses o de trenes, el mercado de abastos o la calle más comercial). Los reparten poniéndotelo casi en las manos, dándote los buenos días más que preguntándote si lo quieres. Algunos viandantes los leen en diez o veinte minutos, otros los tiran directamente a la basura al doblar la esquina. El ritmo de generación de basuras respecto a la vida útil de este producto es bestial.

Otra modalidad de ensuciador, aunque con vocación artística, es el grafitero. Firmas ilegibles y garabatos se reparten por cada rincón de la geografía urbana. Ningún lugar se escapa: fachadas de edificios recién restaurados, bancos, pavimentos o contenedores, aparecen garabateados como si fueran las taquillas de los institutos más peligrosos del Bronx. Las ciudades andaluzas se han convertido en un gigantesco libro de visitas desde que el graffiti surgió en Nueva York de la mano del Hip-hop hace pocas décadas.

Las tribus del spray no son, hoy día, ningún medio de protesta de ningún grupo contrario a alguna ideología o creencias. Es más, sus pintadas son cada vez más incomprensibles. Algunas son simples firmas de sus juveniles creadores. Otras hacen referencias a los Memnphis, las mushrooms y jergas similares, de una estética pop en decadencia; La mayoría están en inglés y no hay quién las entienda. Hay grupos de jóvenes que emplean las tardes o mañanas de los fines de semana en decorar gratuitamente las paredes próximas a nuestros hogares –al amparo de la menor presencia de policía local-, sin pedirnos nada a cambio.

Claro que también hay pintadas y grabados urbanos que no por tradicionales dejan de sorprendernos. Las pintadas obscenas siguen estando omnipresentes cuando se visita un urinario público. Principalmente machistas y homosexuales. La presunción sobre el tamaño del órgano reproductor, la incitación o la reprobación de la homosexualidad, e incluso el chiste picaresco sobre mear dentro, constituyen los principales “leiv motiv” de estos obsesos artistas de los lavabos. Conforme viajamos hacia el Norte de Europa, sin embargo, los lavabos públicos están siempre limpios y sus paredes inmaculadas.

También están las pintadas históricas. Las que hizo un determinado grupo político frente a la corrupción o el poder despótico de éste o aquel dirigente; o un grupo de trabajadores ante el cierre de esta o aquella empresa. Son habituales en márgenes de corredores viarios y ferroviarios, y puede quedarse allí durante décadas, “viendo pasar el tiempo” como la madrileña Plaza de Alcalá.

Esta tendencia artística popular ha querido ser aprovechada por el Arte de Vanguardia. Algunos ayuntamientos andaluces organizan anualmente concursos de grafiteros en espacios públicos acotados. Otros Ayuntamientos, incluso, están encargando proyectos de decoración de los espacios públicos a artistas de reconocido prestigio, que se adelanten a la labor del grafitero no cualificado, y den una mayor armonía pictórica y una mejor estética a dichos espacios.

Finalmente queremos hablar algo de las botellonas. El bebedor urbano andaluz no lo hace como antaño, con motivo de una juerga o un espectáculo, sino que ejerce semanalmente de bebedor social, de forma intermitente; en su tiempo libre y como fórmula de diversión. Y empieza tomando copas con amigos hasta que llega un momento en que, como el alcohol es una droga, siente la necesidad de beber de forma cada vez más asidua y en mayores cantidades y se vuelve adicto. La barrera que separa al enfermo alcohólico del bebedor habitual es muy tenue. Comienza cuando los jóvenes van necesitando cantidades cada vez más grandes de alcohol para coger el punto.

Hay determinadas calles, plazas, jardines y explanadas de cualquier ciudad andaluza que amanecen sábados y domingos como nevadas. Son las cientos de bolsas de plástico tiradas en el suelo, donde se portaban bebidas alcohólicas nocturnas, las que causan este espejismo. Junto a ellas, botellas, vasos, orines…Una asquerosidad que comienza a hacer estragos cuando se van los de la “botellona”, y los vecinos han de soportar la suciedad y respirar los malos olores.

Los ayuntamientos gastan ingentes cantidades de dinero público en “operaciones de choque” en estos “sumideros” sociales de suciedad que se generan en las ciudades. A este coste hay que añadir el sanitario. El botellón es, además, una fábrica de enfermos de alcoholismo.

MItos de las ciudades andaluzas del siglo veintiuno: La accesibilidad

Millones de euros desembarcando en las ciudades andaluzas. No hay alcalde que no aspire a tener su Plan de Movilidad y sus Planes de Accesibilidad. Se multiplican sobre el papel los proyectos de peatonalización, las redes de carriles bici, los costosos metros y tranvías de diseño vanguardista. Pero, usted ciudadano de a pie. ¿Cree que las ciudades andaluzas del siglo veintiuno serán cada vez más accesibles? Pongamos varios ejemplos:

(1) Los barrios y calles más cotizados.

Las grandes ciudades andaluzas están en continua y rápida transformación. Comprar una casa vieja, abandonada o en ruinas, y adaptarla para pequeños apartamentos en algunos de sus barrios más apreciados (conjuntos históricos, arrabales y barrios comerciales secundarios) es uno de los negocios más lucrativos de principios del siglo XXI. Con el “boom” del ladrillo, las sucursales de las inmobiliarias se han posicionado ávidamente en estos barrios a la espera de la menor oportunidad. Tienen oficinas en cada esquina y un nutrido equipo de jóvenes uniformados que, como ojeadores indios rastrean las oportunidades bloque a bloque, casa a casa.

En consecuencia, son cada vez más las calles donde los vecinos de las casas antiguas van emigrando masivamente a otros barrios periféricos tras vender sus viviendas, que no pueden reparar o rehabilitar por falta de ingresos y ahorros. Este proceso puede llevar varias décadas.

No hay un periodo más largo de tres meses, en el que estas cotizadas calles no se hayan visto aderezadas por los típicos andamios que toman posesión de la acera. Durante el tiempo que duran las obras estas calles son auténticas trampas para el viandante. Ciegos vendedores de cupones, madres con bebés, o ancianos con problemas de movilidad, hacen todo lo posible por evitarlas.

En ellas constituye un fenómeno habitual y casi permanente la presencia de varias obras a la vez, con sus correspondientes contenedores y hormigoneras instalados en la vía pública, como si estuvieran en el comedor de su hogar. Sin ningún escrúpulo, las empresas constructoras se adueñan de las aceras (¿por meses, por años?); las vallan y hacen suyas, y fuerzan al peatón a transitar por la calzada, sin ningún tipo de protección. De vez en cuando la Policía Local hace una ronda y las obliga a poner un paso de peatones por dentro de la calzada, que desaparece a los pocos días. Los albañiles “okupas” saben que la siguiente ronda policíaca tardará y siguen haciendo caso omiso de las ordenanzas municipales. La picaresca llega al extremo de que, en determinados “tajos”, se ocupan hasta veinte o treinta metros de bordes de la antigua acera con estas vallas. Sólo se mueven al amanecer y a la caída de la tarde, ya que sirven de aparcamiento gratuito a los vehículos de los obreros.
La presencia de varias obras en edificios en rehabilitación, que se adentran impugnemente en la calzada, es la señal para que avance la ilegalidad. Aprovechando estas incursiones proliferan las hileras de coches y camiones en doble fila. Las velocidades de circulación se ralentizan hasta competir con las de las tortugas moras. Los semáforos contribuyen a que – a su paso por ellas – el tiempo se eternice.
(2) Las calles y plazas dedicadas a la restauración.
Una segunda modalidad de baja accesibilidad en las ciudades andaluzas son las calles y plazas especializadas en bares y establecimientos de restauración al aire libre.
Al mediodía y por la noche (sobre todo desde los viernes a los domingos), la gente se arremolina en las aceras, tomando una cerveza tras otra, bajo la influencia benefactora del “Lorenzo” (el Sol de los andaluces). El aparcamiento en doble o triple fila se hace interminable y convierte la calzada –en ambas direcciones – en un desfiladero de las “Termópilas”. Intentar sacar su coche bien aparcado, usar el carril bici, o que el conductor de autobús pueda usar su estacionamiento o parada, es “misión imposible”, sólo apta para Tom Cruise.
La Policía Local está como de vacaciones durante los fines de semana. Impera la “ciudad sin ley”. La calle tiene una accesibilidad tan baja y una circulación tan lenta, que de resucitar el Santo Job, Dios le encomendaría recorrerla en su vehículo, una y otra vez, como prueba de santidad.
La aglomeración de bebedores sociales tiene otras consecuencias para el vecindario: basuras en las aceras y veladores, ruidos hasta altas horas de la noche. Los ayuntamientos sólo han sido capaces de frenar este fenómeno, cuando desata las iras de los vecinos, mediante la declaración de “áreas saturadas”. Con esta normativa municipal se prohíbe instalar nuevos bares durante uno o más años.
(3) Las calles de acceso a los centros comerciales e históricos.

Los Centros Históricos y los centros comerciales periféricos atraen masivamente el tráfico rodado pero, a la vez, están peatonalizándose por los ayuntamientos, y restringiéndose cada vez más las calles donde se permite el acceso al vehículos privado. En consecuencia, cada vez son menos las principales vías rodadas para acceder a cualquier casco antiguo andaluz.

Estas calles en horas punta (desde las doce del mediodía a las nueve o diez de la noche) son como un desfiladero de las Termópilas para la circulación rodada y peatonal. El viandante teme ser atropellado en cualquier momento dada la estrechez de la acera. La caravana de coches avanza a paso de tortuga hacia el aparcamiento más próximo a las tiendas de turno. Y, además, lo hace entre molestos ruidos de bocinas de los más impacientes.

Otro efecto colateral es la contaminación atmosférica. Decenas o cientos de tubos de escape expulsan continuadamente gases tóxicos que vuelven el aire de la calle tan viciado e insano como el del entorno de una central térmica o una gran fábrica contaminante. Los escasos científicos que han estudiado este fenómeno en algunas de estas calles andaluzas constatan un incremento alarmante de las enfermedades respiratorias de los vecinos de los alrededores.

(4) Las plazas y espacios monumentales.

Una tercera modalidad de baja accesibilidad son las plazas y espacios monumentales. Los conjuntos de plazas con fuentes y estatuas se han convertido frecuentemente en una plaza de aparcamiento, duramente disputada por coches, motos y furgonetas. Mientras, en sus aceras se va produciendo un progresivo hundimiento, que con las décadas podría culminar en gruta. Pocos ciudadanos reconocen estas aceras como un espacio reservado al peatón, y escasos son los que no embisten con su cacharro. ¿Qué solución tienen los Ayuntamientos? Lo ideal sería colocar dentro de la fuente a un policía local, para disuadir a quienes no se inmutan ante los mármoles. Pero en la práctica sólo queda la opción de colocar pivotes alrededor de la acera, para que nadie acabe llevándose las fuentes por delante.

A ello hay que sumar los numerosos obstáculos peatonales que están proliferando. Por un lado, los PUMI (Puntos de Información Municipal). Por otra parte, la pléyade de artistas callejeros y su corrillo de público. Un ciego me contaba hace poco que le resultaba ya imposible ir a sentarse a los bancos de la plaza mayor de su ciudad natal, en medio de tanta confusión.

jueves, 8 de noviembre de 2007

Los mitos de la peatonalización de Sevilla capital

LOS MITOS DE LA PEATONALIZACION DE SEVILLA CAPITAL.

Ahora que gana terreno el movimiento cívico-social y las propuestas a favor de la peatonalización, es un momento ideal para desmontar algunos mitos de esta práctica y publicidad engañosa.
Hay espacios peatonales de diversas clases. Si nos vamos a un estrecho callejón o a una plaza recoleta de Sevilla, donde se prohíbe la circulación motorizada, el espacio peatonal es frecuentemente solitario y silencioso. Si se oye el trino de los pájaros urbanos y el rumor de una fuente, nos embarga una sensación placentera y tranquila, como de pueblo con sabor a campo.
Hay también sendas peatonales que atraviesan parques y jardines urbanos. Los olores y colores de la vegetación sosiegan nuestros cinco sentidos, de tanto olor a combustible, de tanta capa de ozono y humo, de tanto gris asfalto, de tanto ruido de tráfico, de tanto pavimento duro - aunque sólo nos demos cuenta cuando nuestros pies se alivian al contacto muelle y blando con la tierra y el albero-.
Subamos un grado en la escala. Hay exitosas calles peatonales y comerciales, como las de la Sierpes y Tetuán. Serían como las antiguas carreteras nacionales pero en peatonales, ya que han respetado el paisaje urbano preexistente, con sus estrechamientos e irregularidades heredadas. Pero su intenso tráfico peatonal las ha ido cambiando irreversiblemente. En ellas ya no hay veladores ni bancos donde charlar y sentarse a contemplar. La circulación peatonal es masiva y difícil en horario de compras… Hay sevillanos que no las pisan de Navidades a Reyes, cuando tienden, como dicen los ingenieros, al colapso técnico. A veces parecen circuitos de destreza en el andar, cuando se atascan con espectáculos callejeros, vendedores ambulantes, ONGs, publicistas o grupos que protestan,… Si queremos pasear tranquilamente por estas calles debemos cruzarlas al amanecer o de madrugada. Tanta gente para uno y otro lado hace que sean calles ruidosas y llenas de contrastes. Son cada vez más parecidas a los centros comerciales suburbanos, incluso con sus escaparates a la última moda y todos los letreros en inglés. Las tiendas expulsan masivamente frío o calor a las aceras, según la estación del año, que nos producen escalofríos. Las luces de neón se mezclan traicioneramente con la luz natural e irritan a los fotófobos. Hay un olor a gentío y sudor humano inconfundible.
Y llegamos a la Avenida de la Constitución, la primera vía de gran capacidad e intensidad de tráfico de la era peatonal de Sevilla capital. La Avenida ha perdido, a diferencia de las calles comerciales antes mencionadas, su fisonomía y paisaje urbano anterior. Todo su diseño está condicionado a lo funcional: Llevar masivamente al centro histórico de la ciudad hasta más de diez mil personas a la hora en momentos punta. Para ello el pavimento es casi uniforme y rectilíneo en todo su recorrido. Su textura es increíblemente dura. Puro granito. Ha sido seleccionado para soportar el multitudinario y continuo trote y desgaste al que se le somete.
En sus escasos entre 20 y 30 metros de anchura ha de caber la circulación de todo lo que en el lenguaje políticamente correcto se considera peatonal, es decir, compatible con el que circula a pie, y dentro de lo que se incluyen: El Metro que no contamina, los coches de caballos, los ciclistas, los patinadores, los vehículos de discapacitados, los vehículos de emergencia, los vehículos de limpieza, la policía local y la policía nacional, los que transportan tenderetes ambulantes. La lista sería interminable. Asimismo, para que no protesten los gremios motorizados más afectados (taxistas, motoristas, vehículos de residentes y turistas,…), varias calles la cruzan de un lado a otro por donde pueden pasar los vehículos a motor, a pesar de lo masivo de su circulación peatonal propia, y con los evidentes riesgos que ello supone para la integridad física de los viandantes.
Los abuelos – que prefieren mayoritariamente ir en el tranvía - caminan rígidamente por esta Avenida y van muy, muy despacito, mirando para todos lados. Son una raquítica minoría. No hay madres sentadas ni niños jugando, ni mozos pelando la pava, como en los bulevares de antaño. Se los llevaría la marabunta muy lejos. Un paseante maduro, cuarentón largo, tiende a estresarse recorriéndola. De frente viene una quintacolumna de turistas en cerrada formación espartana. No se avista un hueco por donde pasar. Antes de desviarse mira hacia atrás, le pasa rozando un ciclista a 40 kilómetros por hora, y tras él un patinador, que agita furiosamente los brazos para esquivar a la chusma. Cuando ya se siente más seguro escucha un ruidito. En primera marcha, y sólo perceptible para mujeres murciélagos como su sobrina Cinta, viene el vehículo de la limpieza, y tras él la policía local y la policía nacional. Una vez que los ha dejado pasar llega a un cruce con otras calles. Se para y mira. Un coche de caballos, una moto y un taxi atraviesan impetuosamente de un lado a otro. El tranvía, que viene de frente, hace tocar su campanilla. Ni caso, se ve obligado a frenar. Detrás de él se detiene bruscamente un pelotón de ciclistas que seguían su estela a rebufo. Después recibe un empujón involuntario. Los turistas están haciendo fotos a la Catedral a diestro y siniestro y lo obligan a retroceder. Decide irse al extremo de la calle. Pero aquí la circulación es también difícil. Una hilera de jóvenes le ponen en la mano periódicos gratuitos y publicidad, o le incitan a apuntarse a tal ONG, lo quiera o no; un mendigo le increpa una limosna; un cantautor sentado en el suelo le hace temblar con su vozarrón, mientras saluda y le hace la archisabida mímica de ojos para recibir una ayudita. Más allá hay un nuevo atasco. Hippies urbanos ponen en los bancos sus bisuterías y artesanías de cuero. La juventud se amontona alrededor. Tras ellos hay un mimo que lo asusta al pasar, entre la risa del coro de espectadores que lo rodean, que estaban esperando que esto sucediera.
“No gruñas; la Avenida tiene una movida maravillosa”, le comenta su joven sobrino Jorge Ángel. “Uno se divierte mirando tantas cosas y personas diferentes, no como en las aburridas calles de la urbanización aljarafeña de adosados donde vivo. Si quieres tranquilidad sin sobresaltos vete allí…”
El clima de esta vía peatonal de gran capacidad e intensidad de tráfico es parecido al de la Taiga siberiana. Cuando hace frío éste se acrecienta con la gran extensión de piedra. Cuando hace calor, las piedras arden y apenas hay sombras para pasear fresquito. Cuando llueve fuerte, las piedras, tan impermeables como las de la Sierra Morena, se inundan y salpican agua, que nos empapan hasta las rodillas.
La Avenida tiene ahora colores poco naturales. La civilización de la imagen y el sonido parece haberse infiltrado subrepticiamente en el paisaje urbano. Hay tres colores principales: El negro de las catenarias del tranvía, y los sucios tonos grises y blancos del pavimento de granito. Es como si discurriéramos por dentro de un televisor antiguo y carente de colores vivos. La verde arboleda, aunque está naciendo, lo hace en estrechos alcorques y en rigurosa fila india, y no puede expandirse mucho pues el tranvía no podría circular. La escasa naturaleza vegetal se supeditará, pues, a las necesidades funcionales. En días solemnes y de fiestas, el ayuntamiento mitiga esta penosa impresión visual llenando parte del acerado con macetones de flores que visten llamativos colores, o poniendo banderolas en las farolas y postes.
La Catedral tiene una sábana publicitaria postmoderna, que anuncia su próxima operación resucitadora; Al menos, sus piedras dejaran de estar negras y enfermar de humos, y no morirán. Pasa el tranvía con una publicidad institucional para miopes que anuncia que “Sevilla es ecológica, y está llena de diversión, encanto y cultura”. Por un momento el paseante tiene la sensación de que la Avenida es un parque de atracciones al aire libre.